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Mucha azúcar y poco café. El problema de la predicación sin profundidad

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Soy un amante del café

Lo digo con pasión…

Para los que me conocen de cerca, el café por la mañana muchas veces antecede al par de vasos de agua que necesito tomar incluso antes del desayuno… ¡Por supuesto que se que esto no es bueno para mi salud!, pero amo el sabor amargo y dulce que tiene una taza de café por la mañana. Cada día me levanto y agarro mi cafetera, agrego dos cucharadas del café que me gusta (no lo menciono para no promocionar nada), luego le agrego el agua hirviendo para que filtre y una vez que está listo, lo pongo en mi taza con la medida justa de Stevia o miel. Luego le agrego un chorrito de leche evaporada y me lo tomo.

¿Se te hizo agua la boca?, pues a mi también. Y es que el café tiene un efecto muy especial en mi. Me ayuda muchas veces a concentrarme en el trabajo, en lo que escribo e incluso en mi estudio de la Biblia. Creo que todo es mejor con una taza de café. Sin embargo, cuando el café está muy dulce, pierde todo su encanto. Tomar café con exceso de azúcar impide saborear el amargo del café y deja un gusto no agradable en el paladar. Algo así ocurre cuando escuchamos la predicación sin profundidad que en muchos lugares se entrega hoy en día. Muchas emociones, muchos gritos, muchos ejemplos personales, pero poco de la Biblia. Es como lo dijo acertadamente mi esposa, «mucha azúcar y poco café«. Esta combinación, hace que se pierda el sabor a café y se endulce demasiado el paladar. A algunos lo puede sobre excitar, a otros los puede adormecer e incluso a muchos les puede quitar la vida.

Hace unos días, estaba pasando un tiempo con mi esposa y hablando acerca de diversas cosas del ministerio. Fue entonces cuando iniciamos una charla acerca de la predicación basada en emociones y en carisma personal. Cuando la predicación abusa de los tonos altos de voz (y con esto me refiero a casi los gritos), y enfatiza el carisma personal o el uso excesivo de experiencias personales, cae en el peligro de volverse una predicación mundana y superficial, todo lo contrario a lo que la Biblia nos manda a realizar. Esto es algo que menciona John MacArthur en su libro El ministerio pastoral. Y estoy completamente de acuerdo con lo que declara. Lo cito a continuación:

«El medio ordenado por Dios para salvar, santificar y fortalecer a su iglesia es la predicación” (P.  299)

Romanos 10:17 nos da conocer que la fe nace de escuchar el mensaje y este mensaje es la Palabra de Cristo. Al mismo tiempo, y un poco antes de este pasaje se nos dice que es importante que alguien la predique o de a conocer para que la gente pueda recibir lo que necesita para desarrollar fe (Romanos 10:14). ¿Pero qué ocurre si la persona que predica no habla de Cristo en su mensaje?, ¿Si la gente al escuchar el mensaje solo encuentra un derrame de emociones y nada de Biblia? Algo así me ocurrió hace unos meses cuando recibí un mensaje de alguien que estaba encantada con una predicación de un popular Show-preacher (palabra que se me ocurrió recién) o TV-preacher que enseñaba a su iglesia acerca de la comunicación matrimonial. Durante mas de 40 minutos este hombre habló con autoridad acerca de las relaciones maritales y de la comunicación sin mencionar siquiera una sola escritura. Al contrario, abundaron los ejemplos personales, las bromas sobre el matrimonio y una que otra situación seria, que lamentablemente en su exposición no paraba de hacer reír a la audiencia. En otra ocasión un amigo muy cercano me hablo de una entrevista que vió en que se le preguntaba a otro famoso Show-preacher, acerca de como se preparaba para sus sermones. Debido al éxito que este hombre tiene, cualquiera pensaría que pasa mucho tiempo en las escrituras, sin embargo, y para nuestra sorpresa, él le respondió que preparaba sus sermones en el auto. Al parecer Dios le entregaba los mensajes mientras iba de camino a algún lugar y eso era todo.

«Señores, el pueblo de Dios merece mucho más que mensajes experienciales e ideas que aparecen del tránsito.»

No debemos aceptar Mucha azúcar y poco café, al contrario, debemos preocuparnos de que el mensaje esté basado en las escrituras y no en las noticias del día. Debemos tener el corazón de los de Berea (Hechos 17:11) que se esforzaban por entender el mensaje y querían verificar que era correcto. Esto es vital para nuestra salud espiritual, y para todo el resto de las saludes que hoy en día se mencionan y tratan. Como oidores de la Palabra no debemos solamente contentarnos con escuchar las tendencias del día como lo hacían los filósofos de Atenas (Hechos 17:21), sino que debemos ser intencionales con nuestro estudio personal de las escrituras para tener convicciones profundas en lo que estas nos enseñan. Muchos cristianos lamentablemente hoy en día sufren por la falta de raíces espirituales, carecen de una fe que les sostenga y lleve a crecer todo esto debido a su ignorancia bíblica. La ignorancia de Dios es en mi opinión la raíz de todos los males que nos pueden aquejar, de hecho Oseas lo menciona en su libro diciendo «pues por falta de conocimiento mi pueblo ha sido destruido.» (Oseas 4:6). El pueblo de Israel enfrentaba este mal, y lo mismo ocurre en nosotros cuando dejamos de profundizar en el conocimiento de Dios para enredarnos en pensamientos o ideas superficiales acerca de lo que la gente piensa, dice o hace. No debemos contentarnos con una taza de azúcar y un poco de café, al contrario, debemos ser intencionales como lo dice Santiago en su carta diciendo que no debemos contentarnos solo con escuchar la Palabra, sino que además debemos ponerla por obra (Santiago 1:22-25).

¿Cuánto conocimiento de Dios necesitamos? Todo lo que podamos absorber mientras estemos en esta tierra. Ya que mientras más tiempo pasamos en la Palabra, más empezamos a pensar en la Palabra y actuar como la Palabra enseña.

Por otro lado, todos nosotros que predicamos y enseñamos la Palabra a las personas, debemos tener el corazón y la actitud de Esdras quien no se ocupaba de las novelerías del día, sino que de lo que la Palabra decía. «Esdras se había dedicado por completo a estudiar la ley del Señor, a ponerla en práctica y a enseñar sus preceptos y normas a los israelitas.» (Esdras 7:10). Un desafío para cada predicador y maestro de las escrituras es imitar el amor que Esdras tenía por Dios y su Palabra al momento de querer iniciarse en la enseñanza de la Biblia.

Esdras estaba dedicado por completo a estudiar la ley del Señor. La versión Reina Valera nos dice que «Esdras había preparado su corazón para inquirir la ley de Jehová y para cumplirla, y para enseñar en Israel sus estatutos y decretos.» Él amaba tanto la Palabra de Dios, que tomo la decisión de dar a ella el lugar que le correspondía en su vida. La puso en el lugar correcto y al hacerlo, esto le movió a ponerla en práctica y a enseñarla al pueblo.

Si nosotros somos los encargados de dar a conocer el mensaje de Dios a nuestras congregaciones y personas que nos escuchan, ¿Cuánto hemos preparado nuestros corazones para recibir ese mensaje?, ¿Cuánto dejamos que ese mensaje cale en nuestros corazones y exponga lo que Dios quiere hacer en nuestras vidas, mucho antes de llevar el mensaje a la audiencia?
Para mi, es una tentación muy grande, estudiar la Palabra para enseñar a los demás, pero dejando a un lado el que la Palabra me trate a mi primero. Cuando los predicadores simplemente preparamos sermones, perdemos la oportunidad de ser tratados por la Biblia y ser amados por Dios con su mensaje. La disciplina de Dios sobre nosotros, debe anteceder a la que damos a conocer a la audiencia. Dios quiere tratar nuestro corazón para que podamos enseñar desde la experiencia con Él.

Un mensaje cargado de azúcar, no transformará el corazón de las personas, solo lo endulzará y con el tiempo lo afectará negativamente. Los predicadores debemos tomar muy en serio nuestra tarea de estudiar la Biblia a profundidad, para en primer lugar ser enseñados y entrenados por Dios y luego servir de canal para entregar este mensaje al pueblo. Debemos dedicar nuestro corazón al estudio de la Palabra.

Por otro lado, Esdras no solo se quedó en el estudio como lo mencionamos antes. Él se dedicó a enseñar la Palabra al pueblo. La enseño con su ejemplo, ya que le mostró al pueblo como vivir el mensaje en su propia vida y con el propio testimonio de Dios. «a ponerla en práctica y a enseñar sus preceptos y normas a los israelitas.». El pueblo de Dios necesita que seamos maestros dedicados a la Palabra y a la enseñanza de toda la escritura para que no estemos formando un pueblo superficial y sin raíces profundas. Esto mismo es lo que Pablo ordenó a Timoteo en su segunda carta diciendo:

En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir en su reino y que juzgará a los vivos y a los muertos, te doy este solemne encargoPredica la Palabra; persiste en hacerlo, sea o no sea oportuno; corrige, reprende y anima con mucha paciencia, sin dejar de enseñar. Porque llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír. Dejarán de escuchar la verdad y se volverán a los mitos. (2 Timoteo 4:1-4)

Los predicadores debemos tomar este encargo y llevarlo a la práctica en nuestros ministerios. Al igual que a Timoteo, Dios nos ha encargado este importante ministerio. La predicación de la Palabra debe ser nuestro más alto enfoque. Obviamente que no me refiero solamente a los sermones de domingo como algunos pueden interpretar, al contrario, la predicación, la enseñanza del mensaje debe ser algo que hacemos constantemente. Jesús lo hacia constantemente, (Mateo 4:23). Él no solo dedicaba el día sábado para enseñar, no se pasaba la semana preparando un sermón sabático, al contrario, Él usaba cada momento, cada día para predicar y enseñar.

¿Cuántos sermones debemos predicar a la semana?, ¿Cuántos sermones debemos predicar al día?, No deberíamos limitar el mensaje de Dios a un día a la semana, al contrario, debemos aprovechar cada instancia en que estamos con el pueblo para enseñar la Biblia.

Queridos hermanos, ya sea que prediquemos o que escuchemos a otros predicar, nunca más debemos aceptar Mucha azúcar y poco café.

Bendiciones…

Cristian y su esposa Patricia han servido en el ministerio a tiempo completo por varios años. Son padres de dos maravillosos hijos y viven actualmente en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Aman el ministerio y a la iglesia y sirven con el corazón dispuesto a escuchar la voz de Dios.

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