Sermones

Felices los que lloran. Mateo 5:4

Mateo 5:4
27 de junio
#637

  • ¿Qué tipo de llanto es el que nos da alegría?
  • ¿Qué tipo de dolor es el que nos da alegría?
  • ¿Cuál es la bendición que recibimos?

Dichosos los que lloran, porque serán consolados.

“»Felices los infelices”, … ¿Qué clase de aflicción puede ser aquella que trae el gozo de la bendición de Cristo a aquellos que la experimentan?” (Stott 1998, 41-42)

Como aprendimos en el capítulo anterior, la clave para poder recibir el reino de los cielos y ser un ciudadano de este, es reconocer que estamos en bancarrota espiritual delante de Dios. Esta humildad frente a Él nos permite tener el corazón dispuesto para recibir su palabra y empezar a practicar esta nueva vida junto al Señor.

            La palabra clave para entender esta bienaventuranza es “reconocer”, porque reconocer significa aceptar una realidad personal, es darse cuenta de que algo no anda bien en nuestro interior y especialmente en nuestra relación con Dios. Reconocer implica aceptar[1] que hemos errado en el blanco, es decir que hemos pecado y nos hemos conducido por un camino equivocado y por ende necesitamos urgentemente recibir restauración. Hacer esto nos abre la puerta a todas las bendiciones que recibe un ciudadano del reino, negar esto, nos lleva a continuar viviendo lejos de Dios. “Jesús se refiere aquí a la pena por el arrepentimiento, no tan solo a la pérdida de un ser querido. Es cierto que Jesús es nuestro consuelo (Isaías 40:1), que él sana los corazones heridos (Isaías 61:1), pero ese no es el contexto en este caso. Siguiendo el versículo 3, al reconocer nuestra pobreza, el versículo 4 nos llama al arrepentimiento de ese pecado que causó nuestra pobreza. Esa tristeza que viene de parte de Dios es la que nos dará grandes ganancias” (2 Corintios 7:8-13) (Moore 1196, p. 202)

Por esta razón es que el preámbulo a las bienaventuranzas es Mateo 4:17 “arrepiéntanse”, y el centro de estas es Mateo 6:8 “No sean como ellos”. Ambos pasajes nos llaman a un cambio de corazón, de paradigma. Sin arrepentimiento no podemos alcanzar una visión elevada de lo que Cristo nos llama a vivir, o como lo menciona Maclaren “Una visión superficial ordinaria de estas llamadas Bienaventuranzas es que son simplemente una colección de dichos no relacionados. Pero son mucho más que eso. Hay una conexión vital y progreso en ellos. Las joyas no se arrojan en un montón; están envueltos en una cadena, que el que use tendrá «un adorno de gracia alrededor de su cuello». Son una consecuencia de una raíz común; etapas en la evolución del carácter cristiano[2].” (Maclaren, Sermones sobre Mateo).

¡Y este es el modelo correcto del carácter cristiano!, y Dios lo está exponiendo y exigiendo de nosotros. No podemos sino aceptar que este llamado a ser discípulos del Señor, demanda de nosotros no solo un sacrificio físico, sino que uno espiritual, emocional e intelectual, no solo implica creer en lo que Jesús dice, sino hacer lo que Jesús dice (Juan 8:31-32, Lucas 6:46, Juan 12:48). En resumen, Dios nos llama a una entrega total (Mateo 22:37), por medio de las bienaventuranzas. También lo declara en Lucas 9:23; 57-62; 14:26-3, haciendo evidente el costo que requerimos asumir para volvernos sus seguidores. Porque “Nadie que mire atrás después de poner la mano en el arado es apto para el reino de Dios.” (Lucas 9:62). Entonces llegar a esta bienaventuranza, implica asumir que no hay vuelta atrás. Implica reconocer que solo en Dios encontramos lo que buscamos y requerimos para vivir (Juan 4:10-14, 6:68, Salmo 23; 62:5), y que hemos estado perdiendo el tiempo y malgastando nuestra vida creyendo que lo encontraríamos en otro lugar (Lucas 15:13-17), imaginando que sin el Señor podríamos encontrar la verdadera felicidad en nuestras vidas. Pensando como lo manifiesta Pascal en su libro Pensamientos:

¿Qué es, pues, lo que proclama esta avidez y esta impotencia, sino el que ha habido antaño en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora sino la señal y la huella vacía y que trata inútilmente de rellenar con todo lo que le rodea, buscando en las cosas ausentes el socorro que no obtiene en las presentes, pero que son, sin embargo, también incapaces, porque la sima infinita no puede llenarse más que por un objeto infinito e inmutable, es decir, por Dios mismo?. (Pascal 2003, 48)

Esta verdadera felicidad de la que habla Pascal es la que Dios quiere restaurar en nosotros por medio del arrepentimiento. Y esta humildad que nos trae el arrepentimiento nos permite llorar no de tristeza, sino que de alegría. La alegría que produce el reconocer que hemos estado perdidos y que Dios nos ha encontrado, nos ha recibido y nos ha perdonado. (Lucas 15:20)

Bajo esta premisa, ¡Felices son los que lloran!, porque sus lágrimas no significan otra cosa más que gratitud ante Dios que les ha perdonado y ha restaurado sus vidas. “Ahora, nada se supone que sea más inconsistente con la felicidad que el duelo. Pero Cristo no solo afirma que los dolientes no son infelices. Él muestra que su propio duelo contribuye a una vida feliz, preparándolos para recibir gozo eterno y proporcionándoles emociones para buscar el verdadero consuelo solo en Dios.”[3]

Los que así lloran, lamentándose de su propia pecaminosidad delante de Dios, serán consolados por el único que puede aliviar su lamento, y entregar el perdón gratuito a sus corazones rotos. El que nos dice “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso…para su alma” (Mateo 11:28-29), el mismo que al vernos llorar o sufrir nos dice que estará cerca de nuestros corazones rotos (Salmos 34:18), y que nos secará toda lagrima de los ojos (Apocalipsis 21:4) para poder disfrutar en su presencia para siempre cuando haya llegado el momento del final esperado.

Sin embargo, por muy gozosos que estemos de haber recibido esta bendición, debemos seguir llorando y clamando a Dios por todas las personas que aún no la tienen, y que viven en completo desamparo debido a su devastación moral y espiritual (Mateo 9:36).

Hay bastantes ejemplos de quienes lloraron por el pecado de otros. “Jesús lloró por los pecados de otros, por sus amargas consecuencias en juicio y muerte, y por la ciudad impenitente que no le recibiría” (Stott 1998, 42). David lo hizo y menciona cuanto dolor le causaba ver a los que no guardaban la ley (Salmos 119:136), Ezequiel nos habla del pueblo que gime y hace lamentación por todo lo que sucede en Jerusalén   (Ezequiel 9:4), Pablo menciona lo mismo acerca de los falsos maestros que causaban confusión a los hermanos que los escuchaban “y ahora lo repito hasta con lágrimas, muchos se comportan como enemigos de la cruz de Cristo.” (Filipenses 3:18).

Nosotros también deberíamos llorar por el mal existente en el mundo y rogar al Dios del cielo que nos ayude a compartir su mensaje con la mayor cantidad de personas que hoy están alejadas de él.  

¿Cuánto más deberíamos nosotros llorar por todas esas personas que se encuentran separadas del Señor?, ¿por nuestras familias?, ¿nuestros amigos que aún no han tomado la decisión de seguir a Cristo y cambiar su destino eterno?

Al mismo tiempo, no deberíamos dejar de llorar a causa de nuestros propios pecados, entendiendo en primer lugar, que estos llevaron a nuestro Señor al madero, y en segundo que nos separan de él y nos apartan de disfrutar de su presencia gloriosa. (Lucas 5:8, 7:36-38) La desgarradora confesión de Pablo en Romanos 7:24 “¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?[4]. Con frecuencia quienes decimos ser cristianos, hacemos mucho mas alarde de la gracia de Dios que del pecado. (Adaptado de Moore 1996, 202)

Honestamente, al escribir estas últimas líneas, siento que las lágrimas empiezan a nacer y mis ojos se humedecen y se nublan debido a la gran tristeza que me causa pensar en los miles de personas que no estarán con Dios al morir. Deberíamos pasar más tiempo experimentando la tristeza de Dios que el remordimiento del mundo, buscando sentir compasión por las personas que cada día se pierden.

Oremos y reconozcamos delante de Dios los muy necesitados que estamos de él y arrepintámonos con lagrimas en nuestros ojos debido al pecado que nos ha mantenido en la oscuridad durante tanto tiempo.

Para reflexionar

Una de las cosas más difíciles para algunas personas es llegar a reconocer que son pecadores y que por culpa suya fue necesario un sacrificio de la envergadura del que hizo Jesús. Al mismo tiempo se requiere humildad para postrarse frente al Señor y pedirle perdón por lo que se ha hecho.

  • ¿Puede recordar la primera vez que reconoció ante el Señor su falta?, ¿Cuánto tiempo ha pasado sin que se arrodille y le pida perdón por las cosas que no han estado bien delante suyo?
  • Tome tiempo para reflexionar en el perdón de Dios sobre su vida y sea agradecido con él.
  • Si aún no se ha arrepentido de sus faltas y no tiene una relación con Dios o la ha perdido, Reconozca que lo necesita y vuélvase a él. Dios nunca olvida a sus hijos y mucho menos a los que quieren arreglar su situación con él.

[1] Foronda 2007, p.646

[2] https://www.ccel.org/ccel/maclaren/ezek_matt1.iii.xvi.html

[3] (Calvin, THE SECOND BEATITUDE (LA SEGUNDA BIENAVENTURANZA))

[4] Tomado de la versión La Biblia de Las Américas

Cristian y su esposa Patricia han servido en el ministerio a tiempo completo por varios años. Son padres de dos maravillosos hijos y viven actualmente en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia. Aman el ministerio y a la iglesia y sirven con el corazón dispuesto a escuchar la voz de Dios.

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