Sermones

Nadie está por encima de la ley. Parte III

Mateo 5:20
4 de diciembre de 2021
#652

Esta mañana vamos a retomar Mateo 5, pero nos quedaremos un poco en el versículo 20 de este capítulo. En este pasaje y ya lo hemos leído a lo largo de estas semanas, nos encontramos con una declaración muy fuerte para los discípulos y para los religiosos que estaban escuchando a Jesús. Él les dice lo siguiente:

20 Porque les digo a ustedes que no van a entrar en el reino de los cielos a menos que su justicia supere a la de los fariseos y de los maestros de la ley.

Ahora, para poder comprender mejor este pasaje, necesitamos aclarar a qué tipo de justicia se refiere Jesús. Lo primero, es considerar que estamos hablando de la vida que las personas llevaban frente a Dios, la forma religiosa y legalista a la que estaban acostumbrados los fariseos y maestros de la ley, y el estándar que estos mismos habían puesto sobre las personas de este tiempo.

Con esto en mente, también debemos recordar que la religión que estos hombres vivían era externa. No estaba enfocada en el corazón de Dios detrás de la ley, sino que estaba enfocada en la gran cantidad de normas que se habían establecido para vivir una vida santa delante de Dios. La justicia a la que se refiere entonces, se relación con el cómo aplicamos la norma de santidad a nuestra vida y a la de los demás.

Miremos un pasaje que nos puede traer más claridad sobre este asunto.

Lea conmigo Lucas 18:9-14

A algunos que, confiando en sí mismos, se creían justos y que despreciaban a los demás, Jesús les contó esta parábola: 10 «Dos hombres subieron al templo a orar; uno era fariseo, y el otro, recaudador de impuestos. 11 El fariseo se puso a orar consigo mismo: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como otros hombres —ladrones, malhechores, adúlteros— ni mucho menos como ese recaudador de impuestos. 12 Ayuno dos veces a la semana y doy la décima parte de todo lo que recibo”. 13 En cambio, el recaudador de impuestos, que se había quedado a cierta distancia, ni siquiera se atrevía a alzar la vista al cielo, sino que se golpeaba el pecho y decía: “¡Oh Dios, ten compasión de mí, que soy pecador!” 14 »Les digo que este, y no aquel, volvió a su casa justificado ante Dios. Pues todo el que a sí mismo se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

El pasaje comienza hablándonos acerca de la actitud de dos personas. Una de ellas era religiosa o fariseo, y este tenía una actitud muy distinta a la del publicano o cobrador de impuestos.

En primer lugar, Jesús nos hace notar que la actitud del fariseo era confiar en sí mismo. Esto nos da luz acerca de Mateo 5:20, porque Jesús les dice a sus discípulos que su justicia debe superar a la de los fariseos. El fariseo, de la escritura en Lucas, confiaba en sí mismo. Su justicia se basaba en sus creencias, en sus normas, en sus reglas de vida santa. Y esta confianza le llevaba a ponerse por encima de los demás. De hecho, a modo de cultura general, la palabra fariseo se traduce como separados[1]. Los fariseos eran una secta muy estricta que se había apartado de los demás. Ellos hacían notar a toda la gente su propia justicia y al mismo tiempo ponían presión en los demás para hacer notar que de no ser como ellos, la gente estaba perdida. El judío normal, consideraba a los fariseos y maestros de la ley como las buenas personas que sin duda llegarían al cielo. Es por eso que el cobrador de impuestos se consideraba indigno delante de Dios. Volvamos un poco a la escritura de Lucas.

Jesús nos dice que este religioso se consideraba mejor que los demás debido a su conducta religiosa y justa delante de Dios. Era arrogante ya que despreciaba a las demás personas. Él dice que ayunaba dos veces a la semana, y daba la décima parte de todo lo que recibía. Ahora fíjese en un detalle que fácilmente podemos pasar por alto. La ley en el antiguo testamento indicaba que los judíos debían ayunar una vez al año, sin embargo, este hombre dice que lo hacía dos veces a la semana. Eso era unas 104 veces al año. Estos hombres habían puesto una carga tremenda a la ley. Y se basaban en ella para sentirse santos delante de los demás.

Este hombre refleja a la buena persona que hace todo basado en su propia justicia. Se creen justas y rectas delante de Dios debido a lo que hacen. Por otro lado nos encontramos con el cobrador de impuestos que delante de toda la sociedad judía era alguien que no merecía estar en el cielo con Dios. El punto, es que este hombre pecador, se reconocía tal y como era delante de Dios. No tenía argumento para decirle a Dios que merecía algo de él. Era la muestra de una persona rendida a la clemencia de Dios y que no se basaba en logros humanos, sino que en la gracia de Dios.

Para la mayoría de la gente, el fariseo era el hombre bueno que merecía estar con Dios en el cielo y el cobrador de impuestos que merecía estar en el infierno. Sin embargo, Jesús nos hace notar una verdad tremenda. El que se cree bueno, no entrara al cielo a menos que tenga la actitud y reverencia del que se sabe malo y no puede hacer nada para conseguir el perdón de Dios con sus obras.

De esto trata el versículo 20 de Mateo 5. No se refiere a que seremos salvos o estaremos bien con Dios por medio de nuestras obras de justicia, sino que lo haremos gracias a nuestra actitud frente a Dios y a su obra de justicia sobre nuestra vida.

Lo que Jesús pide a sus discípulos es no ser religiosos, es no confiar en obras humanas, es vivir la ley de Dios pero no como los fariseos y maestros lo hacían, sino que como él les venía a enseñar. El tema en cuestión como lo hemos visto antes no era la ley o su incumplimiento, sino que la ley de Dios y su complimiento, pero con la actitud correcta.

Algo que podemos notar en este pasaje sobre el fariseo y el cobrado de impuestos, es lo que la ley hace con nosotros. La ley nunca ha sido desarrollada para hacernos sentir justos, o capaces, todo lo contrario, la ley fue desarrollada para hacernos reconocer que no podemos llevarla a su totalidad y que gracias a ella, siempre seremos culpables. Entonces, la ley vino con el propósito de mostrarnos que las mejores personas que hay entre nosotros, no podrían ingresar al Reino de Dios. A menos que su justicia supere a las de los fariseos y los maestros de la ley. Por otro lado, la ley nos fue dada para que en ella pudiéramos encontrar a Cristo. La ley es la guía que nos lleva a Cristo. Gálatas 3:24 nos dice:

Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe.

LA LEY ERA EL CAMINO AL SEÑOR, pero los religiosos no la entendieron como tal. Si ellos solamente hubieran puesto atención a lo que decía la ley, habrían recibido lo que durante tanto tiempo habían estado esperando. Sin embargo, no lo hicieron. Si ellos se hubieran dado cuenta de que hablaban con el Mesías que tanto esperaban, hoy la historia sería muy distinta para el pueblo judío, pero no lo hicieron. Prefirieron continuar poniendo su confianza en una ley que solamente les hace culpables delante de Dios, y que ni siquiera ellos podían cumplir.

Entonces, aquí nos encontramos con el verdadero estándar que Dios nos exige a modo de justicia personal. Y que encontramos a partir de los primeros versículos de Mateo capítulo 5 y que recorre todo el sermón del monte. Mis queridos hermanos, todo el sermón del monte es el estándar de justicia que Dios exige de nosotros como cristianos. Inicia en Mateo 5:3  “Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.” Y obviamente, esto es completamente opuesto al sistema religioso de la época. El orgullo, la arrogancia como veíamos en el fariseo de Lucas 18, era evidente entre las buenas personas que seguían la ley. En los hipócritas religiosos a los cuales enfrenta reiteradamente Jesús. “Dichosos los que lloran, porque serán consolados.”, pero estas personas no estaban de luto como para llorar. Eran autosuficientes, se paraban en las esquinas para mostrar su grandeza, su fortaleza, su autoridad. Llorar por su pecado era algo externo. No tenían de que lamentarse. No eran como el cobrador de impuestos que se lamentaba por su pecado. Ellos no. Ello serán los íconos de santidad y alegría en el Señor. Por su puesto que la humildad no los caracterizaba, “Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia.” Ellos eran todo menos humildes, mansos, ellos eran jactanciosos. Orgullosos. Despreciaban a los demás. Se ponían por encima de los demás. Eran ejemplo para los perdidos. Sin embargo, no sabían que los perdidos eran ellos. Estas personas religiosas no “tenían hambre y sed de justicia”, ya que en su mente ellos estaban llenos de la justicia divina. No eran misericordiosos, de hecho en Mateo 9:13, Jesús los envía a que aprendan lo que significa “misericordia y no sacrificios”. En Lucas 15, les da a entender lo que significa la compasión para Dios en tres parábolas que les enseña. En Lucas 10:25-37, les cuenta la parábola del buen samaritano, para confrontar sus corazones religiosos y faltos de compasión. Y en Mateo 12 les da a entender que una persona vale mucho más que un día de celebración ritual. A DIOS LE IMPORTABA QUE SU PUEBLO AMARA Y FUERA COMPASIVO, pero estos hombres estaban tan enfocados en la letra de la ley y en sus propias reglas humanas que olvidaban la misericordia, la gracia para las personas. En Mateo 5:8 “Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios”. Estos hombres eran sucios por dentro. Jesús mismo los llamo sepulcros blanqueados en Mateo 23: 27. “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos, hipócritas!, que son como sepulcros blanqueados. Por fuera lucen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de podredumbre.” Fíjese que el estándar de Dios para un cristiano justo está definido en las bienaventuranzas. Mateo 5:9 nos dice “Dichosos los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.” Estos hombres no trabajan por la paz, al contrario, con sus reglas había traído guerra en el corazón de las personas. En vez de pacificar los corazones, ellos ponían peso en la vida de los judíos. Con sus normas, les quitaron la paz a los que les escuchaban y seguían.  Los cargaron, los hicieron sentir mal delante de Dios. Fomentaron división entre la gente. Todo lo contrario a lo que Dios quería para su pueblo. Estos hombres, no eran la sal ni la luz de la tierra y el mundo. Al contrario, ellos eran la oscuridad para la gente. Los alejaban de la relación que Dios quería tener con su pueblo. Los guiaban a una religión externa. Basadas en obras que no los guiaban a Dios, sino que a la letra que no los podía salvar. PORQUE LA LEY NUNCA FUE ESCRITA PARA SALVARNOS, TAMPOCO SE ESTABLECIÓ PARA PARA MOSTRAR LO BUENO QUE SOMOS. Al contrario fue instituida para mostrarnos lo malos que somos debido a que ella nos da a conocer el pecado que cometemos. “Por tanto, nadie será justificado en presencia de Dios por hacer las obras que exige la ley; más bien, mediante la ley cobramos conciencia del pecado.” (Romanos 3:20) El mismo apóstol Pablo menciona que de no ser por la ley, él no habría atenido conciencia de su pecado (Romanos 7:7).

Así que el sistema religioso creado por los fariseos y maestros de la ley, representaba su justicia. Y esta era la justicia que Jesús manda a sus discípulos superar. Jesús no quería ni quiere, que sus discípulos sean superficiales. No quería que ellos basaran su salvación en obras, sino que quería que ellos vivieran igual que Él. Él es la norma a seguir, Él es nuestra ley. Él es nuestro modelo de vida, Él es nuestro ejemplo. No podemos ser santos por fuera como los religiosos, que no eran adúlteros, no eran ladrones, no eran asesinos, ni idolatras, pero por dentro tenían pensamientos impuros y podridos, y codiciaban como locos y odiaban de una manera tremenda. Ellos tenían un corazón duro hacia los demás. Su interior estaba sucio, pero no se daban cuenta de esto, porque se creían buenos, superiores a los demás. Se comparaban con la gente común y debido a sus acciones ellos salían ganando. Sin embargo, su justicia, su vida era desagradable delante de Dios. Por esta razón, Ellos se ocuparon de vivir una religión externa, pero Dios se preocupa de lo interno.

Ahora, para terminar. Es bien claro que un religioso hipócrita, no puede ser un hijo de Dios. No puede entrar al reino, no puede estar bien con Dios. Sin embargo, hay personas que viven de esta manera sin ser fariseos o maestros de la ley. Personas que se hacen llamar cristianas, pero que viven sin Dios en su interior, mostrando una imagen falsa de gente buena. No adulteran, no roban, no matan, no asesinan a otros, pero por dentro están llenos de lujuria y deseos podridos hacia los demás. Hermanos, esto es lo que no debemos tolerar en nuestras vidas ni en las vidas de los demás cristianos. Debemos superar la religión externa y vivir la religión interna que tiene que ver con un corazón cambiado por Cristo, entregado al Señor. Que está más preocupado de lo que Dios piensa de él que de lo que la gente pueda pensar de él.

En conclusión, Cristo vino a cumplir con la ley, no a destruirla. Nosotros debemos cumplir con la ley, pero con la ley de Cristo. Basada en el amor y la gracia.  Si no la cumplimos, seremos como los fariseos y maestros de la ley y definitivamente no entraremos en el reino de Dios. No importa cuánto hagamos, delante de Dios no bastan las obras, se requiere la fe que mueve nuestros corazones a hacer lo que Dios quiere.

Debemos tener cuidado también, de que nuestro corazón no nos engañe y nos haga pensar que somos mejores que los demás. Mejores que otras personas de otras iglesias o de otras denominaciones. Porque esto, es una muestra de un corazón que se vuelve arrogante y pecaminoso. No debemos ser así. No debemos comparar nuestra conducta con la de los demás para mostrar que somos mejores o que estamos en lo correcto. O simplemente para creer que vivimos más cerca de Dios que los demás.

Queridos hermanos, esta semana y siempre mantengamos una mentalidad reflexiva hacia nuestras vidas, analicemos lo que hacemos para determinar la motivación que tenemos. No hagamos las cosas para agradar a los demás, antes hagamos las cosas para agradar a Dios. Busquemos la santidad, la pureza porque sin santidad o veremos al Señor y seamos justos, pero no es nuestra opinión, sino que busquemos la justicia de Dios que viene por medio de la fe y vivamos reflejando un corazón limpio, trasformado, lleno de paz y misericordia hacia los demás. Todo esto con el propósito de que nuestra justicia supere a la de los maestros dela ley y de los fariseos.

Oremos.


[1] Airhart, A. E. (2009). FARISEOS. En R. S. Taylor, J. K. Grider, W. H. Taylor, & E. R. Conzález (Eds.), E. Aparicio, J. Pacheco, & C. Sarmiento (Trads.), Diccionario Teológico Beacon (p. 296). Lenexa, KS: Casa Nazarena de Publicaciones.

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