Sermones

Pobres en Espíritu. Mateo 5:3

Mateo 5:3
6 de junio de 2021
# 636

Esta mañana continuaremos con nuestro estudio de las Bienaventuranzas. Una de las cosas que me sorprenden al momento de iniciar cualquier estudio, ya sea para un sermón o para un devocional, es la gran cantidad de mensajes o información que se encuentran en un versículo solamente. Esto es lo que ocurre con las Bienaventuranzas. Entramos al mensaje de hoy poniendo nuestra mirada en lo que estaba pasando en la ladera de una montaña.

Mateo 5:1-3 Cuando vio a las multitudes, subió a la ladera de una montaña y se sentó. Sus discípulos se le acercaron, 2 y tomando él la palabra, comenzó a enseñarles diciendo: 3 «Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.

Al iniciar hablando sobre estas bendiciones necesitamos afirmar en nuestra mente y corazón que Jesús vino a traer felicidad a las personas. No una felicidad momentánea, o una felicidad otorgada por lo material, sino que una felicidad profunda. Una felicidad que solo podemos vivir si estamos unidos al señor. Solo cuando participamos de la misma naturaleza de Dios, podemos conocer la felicidad. Es más, todo el sermón del monte se nos presenta como una promesa de felicidad y de satisfacción interior para los que nos hemos sometido al Señorío de Cristo.

Este sermón inicia con las bienaventuranzas para hacernos notar que si somos cristianos, entonces debemos vivir de esta forma. No como los demás. De esto se trata el sermón del monte, de una contracultura, de algo distinto, que desafía a las personas pero que les compromete. Jesús introdujo un cambio pero no externo, sino que interno. Un cambio de corazón, de mente. Jesús vino a cambiar la mentalidad de las personas. Vino a enseñarnos como ser felices viviendo a la manera de Dios.

Para alguno el sermón del monte es algo muy difícil de practicar, para otros es un mensaje antiguo. Pero para nosotros es el estilo de vida que viviremos hasta ir al cielo. Es lo que Dios quiere de nosotros. Por tanto, sean perfectos, así como su Padre celestial es perfecto.” (Mateo 5:48). Esto es difícil. Para algunos puede parecer imposible.  Sin embargo, es la voluntad de Dios lo que está en juego. Si Dios dice que podemos hacerlo entonces podemos, pero solamente si él está en nosotros.

Esto es el estándar de vida que Dios tiene para nosotros. Es Jesús diciéndonos si queremos ser sus discípulos y ser felices como él lo es, entonces debemos vivir como nos enseña.

Ahora, al mirar las bienaventuranzas nos daremos cuenta de que son una contradicción al todo lo que el mundo enseña. Esto es así, porque las bienaventuranzas y todo el sermón del monte nos muestran una verdad incuestionable. Esta verdad es que los cristianos somos una cultura diferente, nosotros no somos como los demás y por ende somos una cultura diferente viviendo en medio de otra cultura. Y nuestra tarea no es ser como los demás, sino que influenciar a los demás para que sean como nosotros. Y más que como nosotros, como Jesús. Jesús nos hace diferentes.

Y esto es precisamente lo que la gente quiere. A lo largo de los años las personas se afanan buscando algo que sea diferente, algo que les haga sentir diferente, que les emocione de una manera distinta, y que los comprometa de una forma profunda. Pero en los lugares donde buscan, se encuentran con lo mismo, y nosotros no podemos ser más de lo mismo. Nuestras relaciones no deben ser más de lo mismo, nuestros matrimonios no deben ser más de lo mismo, nuestras conversaciones no deben ser más de lo mismo. Al contrario debemos mostrar al mundo que no nos pasamos la vida pensando en la ropa, en los títulos, en la comida, en los viajes, en el dinero. Al contrario, lo que vuelve atractivo a nuestro cristianismo es que vivamos enfocados en todo lo contrario. Dar en vez de recibir, ayudar en vez de ser ayudados, comprometidos en vez de jugar a ser casados. Sería muy triste que la gente que nos conoce y nos visita regrese a su casa diciendo “Eso fue más de lo mismo”. Cristo no era más de lo mismo. En los últimos versículos del sermón del monte nos dimos cuenta como la gente estaba asombrada de su enseñanza porque les enseñaba con autoridad y no como los otros religiosos.

Mateo 5:3 nos introduce en la verdad del evangelio y de la vida cristiana. Para vivir todo el sermón primero hay que vivir la primera bienaventuranza. Y nos va a gustar lo que escuchemos.

Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.

La pobreza espiritual es la base sobre la que se construye la vida de un seguidor de Cristo.

Mateo a diferencia de Lucas agrega una calificación a la pobreza. No solo habla de la persona pobre como lo hace Lucas en su evangelio, sino que se refiere al que es pobre en espíritu. Debemos recordar que Mateo está escribiendo a una audiencia religiosa, a un mundo de personas que tenían puesta su esperanza en la ley y no en la gracia de Dios. En cambio Lucas está escribiendo a una audiencia más bien gentil. Por ende no hay una contradicción entre ambos evangelios, sino que una referencia a la parte interna de una persona. Mateo distingue que lo externo es lo menos importante, lo interno es lo que realmente importa. Jesús hace también esta distinción al referirse a los religiosos de su tiempo. En el mismo sermón del monte señala a sus discípulos diciéndoles que ellos no deben ser como los hipócritas a quienes les gusta orar de pie en frente de los demás para que la gente los vea. Un cristiano debe distinguirse delante de los demás, no por lo que muestra externamente, sino que por lo que refleja internamente.

Si un cristiano no reconoce su completa necesidad de Dios, no puede ser un cristiano.

Esta es una verdad tan profunda y tan verdadera. Y es así, porque ningún cristiano puede realmente llevar la vida de Cristo en sí mismo, si primero no reconoce su absoluta necesidad del Señor. Un cristiano sin necesidad de Cristo, es como un barco sin timón. Como un avión sin piloto. No sabe dónde ir, lo que tiene que hacer.

Debemos recordar que al iniciar nuestro estudio acerca de las bienaventuranzas definimos que las bienaventuranzas muestran la radiografía o el perfil de un discípulo del Señor. Definimos que son para las personas que ya están salvadas y no para alguien que necesite salvarse. No son un plan de salvación, son el estilo de vida que un cristiano debe vivir.

Esta mañana entonces, nos encontramos con el cimiento, con la base que inicia la edificación del carácter cristiano. Ningún hombre se lamenta ante Dios a menos que sea pobre en espíritu, ni tampoco se vuelve manso hasta que tiene una visión humilde de sí mismo. Como bien menciona Spurgeon: “Hasta que estemos vaciados de nosotros mismos, no podemos ser llenos de Dios.”[1] Nuestra necesidad de él es lo que nos debe llevar a despojarnos de todo lo que puede impedirnos recibir lo que el Señor quiere darnos. Es más, uno de los llamados del Señor a cada uno de nosotros, es a morir y dejar todo lo que nos ata en esta tierra.  Como lo menciona Bonhoeffer:

La privación es el todo para los discípulos en todas las esferas de sus vidas. Ellos son los “pobres” a secas… No tienen seguridad ni posesiones que puedan llamar propias, ni un pedazo de tierra para llamarla su hogar, y ninguna sociedad terrena reclamará su absoluta lealtad. Más aun, no tienen poder espiritual, experiencia o conocimiento que les de suelo o seguridad. En su nombre lo han perdido todo. Al seguirlo, han perdido aun su propio yo y todo lo que podría hacerlos ricos. Ahora son pobres, tan faltos de experiencia, tan necios que no tienen otra esperanza sino la de Aquel que los llamo. (2017, 119-120)

Así que lo primero que podemos apreciar en este pasaje, es que el estándar para la felicidad del cristiano no se basa en las cosas que tiene. El estándar de la felicidad de un ser humano se encuentra escondido en su propia necesidad. En su pobreza.

Feliz el que reconoce que necesita a Cristo, porque al reconocerlo Dios suple su necesidad.

La pobreza del ser humano, no es algo escondido, al contrario desde siempre se ha sabido que el hombre es un ser completamente necesitado y por esta razón es que se esfuerza por buscar y buscar en diferentes lugares lo que piensa que puede suplir esa necesidad. El joven rico del que nos habla Mateo, pensaba que podría encontrar lo que necesitaba cumpliendo con algunas normas. Los religiosos del tiempo de Jesús pensaban que podrían alcanzar la plenitud si cumplían con la ley. Los ciegos, los enfermos, los hambrientos, los endemoniados, creían que podrían estar llenos o plenos en sus vidas si alcanzaban la salud. Hoy en día incluso, hay personas que buscan llenar el vacío de su corazón haciendo obras para ayudar a los demás. Sin embargo, ninguna de estas cosas pueden volvernos personas felices. Solamente al darnos cuenta de nuestro estado espiritual, de nuestra pobreza delante de Dios podemos empezar a experimentar la alegría interna de un corazón satisfecho. Cuanto más nos despojamos de lo que nos ata a este mundo, más nos alegramos al saber lo que tenemos en el cielo. Para heredar su reino, debemos despojarnos del nuestro.

Spurgeon menciona:

Es digno de mención doble que esta primera bendición se da más a la ausencia que a la presencia de cualidades dignas de alabanza; es una bendición, no para el hombre que se distingue por esta virtud o notable por esa excelencia, sino para aquel cuya característica principal es que confiesa sus propias tristes deficiencias. Esto es intencional, a fin de que la gracia pueda ser vista más manifiestamente como gracia en verdad, poniendo su ojo primero, no en la pureza, sino en la pobreza; no a los que muestran misericordia, sino a los que necesitan misericordia; no sobre los que son llamados hijos de Dios, sino sobre los que claman: «No somos dignos de ser llamados tus hijos». Dios no quiere nada de nosotros excepto nuestras necesidades, y estas le proporcionan espacio para mostrar su generosidad cuando las abastece libremente.[2]

Algo que podemos notar de este pasaje es que refleja a alguien que ha descubierto su propia pobreza espiritual. Y al darse cuenta de su realidad se ha humillado delante de Dios reconociendo que sin él no puede hacer nada. Ahora esta es una verdad que el mismo Señor nos revela en Juan 15:5 “Yo soy la vid y ustedes son las ramas. El que permanece en mí, como yo en él, dará mucho fruto; separados de mí no pueden ustedes hacer nada.” Sin el Señor en nuestra vida, estamos desamparados y espiritualmente muertos. Vivimos en oscuridad. Podemos parecer estar vivos, pero en realidad estamos muertos. Como la iglesia en Sardis de la cual habla Apocalipsis. “Conozco tus obras; tienes fama de estar vivo, pero en realidad estás muerto.” (3:1). Podemos parecer vivos, podemos mostrar felicidad externa, pero mientras no reconocemos nuestra realidad delante de Dios, no podemos experimentar verdadera felicidad.

John MacArthur hace algunas preguntas acerca de esta bienaventuranza y quisiera que pudiéramos reflexionar en ellas:

¿Por qué Cristo empieza con esta bendición?

Creo que él empieza por esto, porque nadie que no se ha humillado delante de Dios, que no ha reconocido su bancarrota espiritual delante de Dios, que no se ha vaciado así mismo puede entrar al reino. Es un requisito esencial para ser un cristiano. El orgulloso no puede estar bien con Dios. La escritura nos dice que Dios se opone a los orgullosos pero da gracia a los humildes. (Proverbios 3:34, Santiago 4:6, 1 Pedro 5:5). La puerta al reino del Señor Jesucristo es muy baja y las únicas personas que entran se arrastran.[3] (John MacArthur). Una verdad acerca de esto, es que si no tenemos pobreza de espíritu, no podemos esperar bendiciones. Alguien puede pedirle a Dios que mejore su matrimonio, que cambie a su esposa o a su esposo, pero mientras no nos rendimos, no nos vaciamos de nuestro orgullo, Dios no puede hacer el cambio. No porque no quiera, sino que porque nuestro pecado de orgullo no lo deja. El orgullo crea un muro entre Dios y nosotros. Crea el muro de la autosuficiencia. Crea el muro de la independencia. Solamente nuestro arrepentimiento puede ayudar a romper estar limitaciones. La escritura nos dice que: “El Señor no soporta a los orgullosos; tarde o temprano tendrán su castigo.” (Proverbios 16:5, DHH).

Entonces podemos comprender porque esta es la primera bienaventuranza. Se requiere humildad de corazón, para entrar el reino de los cielos.

¿Qué significa ser pobre en espíritu?

La pobreza siempre ha existido y Dios nos dice que siempre existirá. (Marcos 14:8, Mateo 26:11). Sin embargo, ¿a qué tipo de pobreza se refiere la escritura de Mateo?

La palabra que se usa para definir esta pobreza se refiere a alguien que es tan pobre que su pobreza le lleva a encogerse a acobardarse, y describe a la pobreza que le lleva a ponerse de rodillas.[4] EL pobre que se describe en este pasaje, es la persona que ha puesto toda su confianza en Dios, porque reconoce que no tiene nada por dentro y menos algo por fuera que pueda distinguirle delante de los demás.

Cuando admitimos nuestra debilidad, cuando le decimos a Dios que no podemos hacerlo, que no somos capaces, esto es pobreza de espíritu. Esto es depender de Dios. Esto es lo que nos hace dichosos. Porque el poder de Dios se muestra en nuestra debilidad.(1 Corintios 12:9).

Así que ser pobre en espíritu, es ser un indigente espiritual. Un desamparado, un mendigo de Dios.

Así que el primer principio del sermón del monte, es que no podemos hacerlo solos. Es imposible. Nadie puedo hacerlo solo. Necesitamos a Dios.

¿Cuál es el resultado de esta actitud del corazón?

Dichosos los pobres en espíritu, porque el reino de los cielos les pertenece.

El reino de los cielos, es para quienes reconocemos nuestra pobreza delante de Dios. Para los humildes, los necesitados, los quebrantados de corazón. Dios no le da su reino a quien no puede apreciarlo, a quien no puede maravillarse de él y de lo que hay en el. Una persona orgullosa nunca apreciará realmente el valor del reino de Dios. Porque su orgullos se interpondrá y evaluará siempre en base a su pensamiento. El orgulloso no puede ver a Dios como alguien maravilloso y grandioso, porque su orgullo se lo impide. Siempre esta él antes que los demás e incluso, antes que Dios. No hay nada más detestable que el corazón orgulloso. No podrá entrar al cielo. Todos nosotros debemos cuidarnos de llegar a tener un corazón orgulloso que pone a Dios en segundo lugar. Solo nuestra indigencia espiritual nos permite entrar al reino.

¿Cómo nos volvemos pobres en espíritu?

Lo primero que debemos hacer es buscar conocer a Dios por medio de las escrituras. En la Biblia podemos conocer a Dios.

Luego debemos poner nuestra mirada en Jesús y en nadie más. Nadie más puede darnos salvación y nadie más puede darnos la fe correcta para agradar a Dios.

Una vez estemos conociendo a Dios, necesitamos arrepentirnos de nuestros pecados, al mirar nuestros pecados, podemos reconocer la bajeza de nuestra vida moral y la oscuridad espiritual en que nos encontramos.

Cuando nos damos cuenta de nuestra realidad delante de Dios, podemos mantenernos en pobreza cada día, ya que nos comparamos con el Señor y eso es suficiente para hacernos volver al piso nuevamente.

Ser pobre no significa andar con la cabeza gacha todo el tiempo. O no hablar con nadie. O sentirse menos que todos los demás. Al contrario. Esto es una actitud del corazón. Es nuestro corazón el que a diario y en cada momento debe estar agachado delante de Dios, pero debemos ser las personas más alegres, más seguras de nosotros mismos delante de los demás. ¿Por qué? Porque el reino de los cielos nos pertenece. Somos hijos de Dios. Y Él está con nosotros.

Considere seriamente lo que hemos aprendido hoy y tome la decisión de humillarse ante Dios cada día y en cada momento. Reconozca que sin Dios usted no es nada y que delante de Dios usted es un mendigo. Esta es la forma que podemos alcanzar la verdadera felicidad.


[1] https://www.biblebb.com/files/spurgeon/3156.HTM

[2] https://www.biblebb.com/files/spurgeon/3156.HTM

[3] https://www.gty.org/library/sermons-library/2198/happy-are-the-humble

[4] Barclay. Comentario al Nuevo Testamento. La bendición de los indigentes.

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